Se anonadó a Sí mismo
   
       

A: Presentación del texto Bíblico. Filipenses 2, 6-11.



Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: ‘Jesucristo es el Señor'

 

El texto bíblico corresponde a la Carta del San Pablo a los cristianos de Filipo. En el, el apóstol le resume toda la gloria de Cristo: Siendo de condición divina, Él asumió una naturaleza humana privada de gloria, sometida al sufrimiento y a la muerte.

 

B: Exposición sobre la kénosis de Cristo.

1- Explicación del término “ kénosis ” - “ se anonadó ”.

El texto paulino de la Carta a los Filipenses nos introduce en el misterio de la "Kenosis" de Cristo. Veremos que en diferentes pasajes bíblicos se utilizan diversos términos para traducir este hecho, pero la más común es “ se anonadó ”. En español la palabra “anonadar” tiene varios significados.

tr. Reducir a la nada.
tr. Apocar, disminuir mucho algo.
tr. Humillar, abatir.

 

La palabra en sí deriva del griego, vaciarse, y San Pablo la utiliza para referirse a la renuncia voluntaria hecha por Cristo a su derecho de privilegios divinos al aceptar humildemente el estado humano en la encarnación. También se utilizan otros términos para referirse a este hecho: se despojó, se entregó, se dio, se humilló.

En Juan 19, 5, vemos que Pilato al presentar a Jesús a los sumos sacerdotes y a los guardias, después de haberlo hecho flagelar y antes de pronunciar la condena definitiva a la muerte de cruz. Jesús, llagado, coronado de espinas, vestido con un manto de púrpura, escarnecido y abofeteado por los soldados, cercano ya a la muerte, es el emblema de la humanidad sufriente les dice: " Aquí tienen al hombre ".

" Aquí tienen al hombre ”. Esta expresión encierra en cierto sentido toda la verdad sobre Cristo verdadero hombre: sobre Aquel que se ha hecho "en todo semejante a nosotros excepto en el pecado"; sobre comparte el mismo sentir con el hombre. Jesús se hace solidario con todos, incluso con los "pecadores", hasta la muerte de cruz. Pero precisamente en esta condición de víctima, resalta un último aspecto de su humanidad, que debe ser aceptado y meditado profundamente a la luz del misterio de su "despojamiento" (Kenosis). Según San Pablo, El, "siendo de condición divina, no retuvo celosamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre, y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz".

2 - Condición de Jesús desde la Encarnación : Nace pobre, vive pobre.

El texto paulino nos introduce en el misterio de la "Kenosis" de Cristo. Para expresar este misterio, el Apóstol utiliza primero la palabra " se despojó ", y ésta se refiere sobre todo a la realidad de la Encarnación : " la Palabra se hizo carne " (Jn 1,11). ¡Dios-Hijo asumió la naturaleza humana, la humanidad, se hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios! La verdad sobre Cristo-hombre debe considerarse siempre en relación a Dios-Hijo.
Precisamente esta referencia permanente la señala el texto de Pablo. "Se despojó de sí mismo" no significa en ningún modo que cesó de ser Dios: ¡Sería un absurdo! Por el contrario significa, como se expresa de modo perspicaz el Apóstol, que " no consideró esta igualdad como algo que debía guardar celosamente ", sino que "siendo de condición divina" (como verdadero Dios-Hijo), Él asumió una naturaleza humana privada de gloria, sometida al sufrimiento y a la muerte, en la cual poder vivir la obediencia al Padre hasta el extremo sacrificio.

De hecho vemos en los Evangelios que la vida terrena de Cristo estuvo marcada desde el comienzo con el sello de la pobreza. Esto se pone de relieve ya en la narración del nacimiento, cuando el Evangelista Lucas hace notar que "no tenían sitio (María y José) en el alojamiento" y que Jesús fue dado a luz en un establo y acostado en un pesebre, sabemos que ya en los primeros meses de su vida experimentó la suerte del prófugo. La vida escondida en Nazareth se desarrolló en condiciones extremadamente modestas, las de una familia cuyo jefe era un carpintero, y en el mismo oficio trabajaba Jesús con su padre adoptivo. Cuando comenzó su enseñanza, una extrema pobreza siguió acompañándolo, como atestigua de algún modo él mismo refiriéndose a la precariedad de sus condiciones de vida, impuestas por su ministerio de evangelización.

La misión mesiánica de Jesús encontró desde el principio objeciones e incomprensiones, a pesar de los "signos" que realizaba. Estaba bajo observación y era perseguido por los que ejercían el poder y tenían influencia sobre el pueblo. Por último, fue acusado, condenado y crucificado: la más infamante de todas las clases de penas de muerte, que se aplicaba sólo en los casos de crímenes de extrema gravedad, a los que no eran ciudadanos romanos y a los esclavos. También por esto se puede decir con el Apóstol que Cristo asumió, literalmente, la "condición de siervo".



3 - Actitudes de Jesús:

I. Humildad.

Cristo, renunciando a su propio bien, se despoja tomando  un modo de ser inferior, que supone un rebajarse y un humillarse, en orden a cumplir por obediencia el mandato del Padre (que, como se expresa en textos paralelos, servirá para el bien de muchos). Cristo conoce su condición divina pero no lo usa para el propio y exclusivo beneficio y en virtud de esto decide su abajamiento y humillación.

Aquí se resalta el carácter voluntario de tal humillación y su condición de sumisión al plan divino de salvación, con la consiguiente exaltación que el mismo Dios realiza.

Este dominio, en la óptica del Nuevo Testamento, es conquistado al precio de la humillación, el sufrimiento y la obediencia hasta la muerte de cruz. En este sentido, el Hijo del hombre es el Siervo obediente y sufriente. Sufre el desprecio, si bien es desde siempre el Señor de la gloria, Señor al cual los hombres, por cuyo bien voluntariamente se despojó, humilló y sometió a la muerte, igualmente no lo reconocen.

 

II. Obediencia. (A diferencia de Adán)

Cristo es presentado por San Pablo como aquel que repara el daño de la desobediencia de Adán con su obediencia y es por tanto portador y principio de vida como Adán lo fue de muerte. En este sentido, Cristo es el nuevo Adán, el segundo Adán. En el himno de Flp 2,6-11 se puede hallar una estrecha relación antitética entre el pecado de Adán y la actitud redentora de Cristo.

     Cristo vive en la “ forma ” de Dios: posee la condición o modo de ser de Dios, siendo de manera perfecta “ imagen de Dios ”. En virtud de tal dignidad, tiene un perfecto dominio sobre toda la creación, de la cual es principio creador. Así, no considera el “ser como Dios” una posesión ilegítima o injusta: es algo que ya posee y que conoce suficientemente. No obstante, voluntariamente se despoja, se “desnuda” de sí, tomando una condición inferior, la de esclavo, sea en sus principios internos y fundamentales, sea en sus manifestaciones externas. Este proceso de abajamiento llega a su culmen con su muerte humillante. Y es aquí donde comienza el proceso de exaltación, con el cual Dios premia la obediencia de Cristo, confiriéndole el título de Señor.

La razón más profunda reside en el hecho que, en virtud de su obediencia, Cristo repara los efectos desastrosos de la desobediencia de Adán. En Flp 2,9-11 se describe la consecuencia positiva, que tuvo lugar en el mismo Cristo, del anonadamiento y humillación por obediencia: exaltación, honores divinos y señorío sobre toda la creación. Pero está también implícito el fruto que la kénosis y la muerte en cruz, se trata de una humillación y una muerte redentora.

Cristo, en nuestro texto, obrando por obediencia y de manera plenamente voluntaria, despojándose de sí mismo y compartiendo nuestra condición de modo radical, se humilla hasta llegar a la muerte. Consecuencia de esta muerte obediente será la glorificación que Dios realizará sobre Él [142] . Como veremos, la obra de “vaciamiento de sí” y de humillación hasta la muerte adquiere su máximo valor si quien la realiza es una Persona que existe “en la forma de Dios” y realiza, por tanto, un sacrificio de sí mismo asumiendo voluntariamente una condición más baja y humillante, sin necesidad alguna para sí y solamente por obediencia a Dios y por el bien de los demás.

 

III. Mismo Sentir con el hombre.

Cristo se identifica plenamente con la condición humana como consecuencia del despojo de Cristo en Flp 2,7, y la muerte por obediencia al Padre (2,8) que redundará en beneficio de los hombres.

Cristo, en varias partes utiliza la expresión “ El Hijo del hombre ” que se hace presente en una condición celestial y recibe de Dios el dominio y el señorío universal, en semejanza con Cristo que existe en forma de Dios y que recibe finalmente la exaltación y la confesión de su condición de Señor.

Él es verdadero hombre como todos los demás seres humanos y, sin duda, contiene la referencia a su real humanidad.

IV. Renuncia voluntaria de sí mismo.

En este contexto, el hacerse semejante a los hombres comportó una renuncia voluntaria, que se extendió incluso a los "privilegios", que Él habría podido gozar como hombre. Efectivamente, asumió "la condición de siervo". No quiso pertenecer a las categorías de los poderosos, quiso ser como el que sirve: pues "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" (Mc 10, 45).

E n el que se resume la cualidad del redentor y la condición sine qua non para la realización de tal misión: la propia y voluntaria entrega de sí mismo.

 

4 - Por medio de la kénosis, Cristo redime al hombre.

Con este "despojamiento de sí mismo", que caracteriza profundamente la verdad sobre Cristo verdadero hombre, podernos decir que se restablece la verdad del hombre universal: se restablece y se "repara". Efectivamente, cuando leemos que el Hijo "no retuvo ávidamente el ser igual a Dios", no podemos dejar de percibir en estas palabras una alusión a la primera y originaria tentación a la que el hombre y la mujer cedieron "en el principio": "seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gen 3, 5). El hombre había caído en la tentación para ser "igual a Dios", aunque era sólo una criatura. Aquel que es Dios-Hijo, "no retuvo ávidamente el ser igual a Dios", y al hacerse hombre se despojó de sí mismo, rehabilitando con esta opción a todo hombre, por pobre y despojado que sea en su dignidad originaria.

Pero para expresar este misterio de la "Kenosis", de Cristo, San Pablo utiliza también otra palabra: "se humilló a sí mismo". Esta palabra la inserta él en el contexto de la realidad de la redención. Efectivamente, escribe que Jesucristo "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8). Aquí se describe la "Kenosis" de Cristo en su dimensión definitiva. Desde el punto de vista humano es la dimensión del despojamiento mediante la pasión y la muerte infamante. Desde el punto de vista divino es la redención que realiza el amor misericordioso del Padre por medio del Hijo que obedeció voluntariamente por amor al Padre y a los hombres a los que tenia que salvar. En ese: momento se produjo un nuevo comienzo de la gloria de Dios en la historia del hombre: la gloria de Cristo, su Hijo hecho hombre. En efecto, el texto paulino dice: "Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre, que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9).

Aquí añadiremos solamente que toda la naturaleza humana (toda la humanidad) humillada en la condición penosa a la que la redujo el pecado, halla en la exaltación de Cristo-hombre la fuente de su nueva gloria.

Este “ anonadarse a sí mismo ”, “ despojarse de sí mismo ” lo vemos completamente de manifiesto en la hostia consagrada: Su Cuerpo y Su Sangre, cercanos a nosotros, en pan y vino, se abajan, para enaltecer nuestra realidad humana. Se queda con nosotros para darnos todo de sí

C: La kénosis desde la espiritualidad de San Alfonso.

Dentro de la espiritualidad de San Alfonso podemos descubrir la actitud redentora de Cristo, en todo su esplendor, desde el nacimiento en el pesebre humilde y pobre, hasta su pasión y muerte en cruz, e incluso en su entrega total en Cuerpo y Sangre en la Eucaristía. Tres signos de la identidad redentorista. Tres símbolos que exaltan la entrega total de Cristo: el pesebre, la Cruz y el Santísimo Sacramento. La kénosis de Jesús, es un misterio constante, porque comenzó en la encarnación, y no termina jamás, porque continúa en cada Eucaristía.

La kénosis para San Alfonso es el misterio del amor. Los tres momentos la encarnación, la pasión, muerte y resurrección de Cristo son el camino concreto, palpable tomado por Dios en este esfuerzo apasionado para entrar en comunión de amor con el ser humano. La esencia del misterio del amor de Cristo para San Alfonso, es ser, en todos los misterios de su vida y en todos sus actos, una demostración histórica del amor liberador de Dios por el ser humano. Por eso, San Alfonso, centralizará toda su experiencia en el Amor al Verbo Encarnado. La entrega total que el Hijo hace de sí a nosotros deja a Alfonso maravillado. Es la certeza de que Dios es de hecho amor y misericordia.

La experiencia de kénosis de Jesús, es el camino elegido por Él para comunicar su Amor total hacia nosotros: “ ¡He aquí un Dios aniquilado! Se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana, el Señor del mundo se humilló hasta tomar la forma de esclavo. Se sujeta a todas las miserias que padecen los hombres ”. Esto es una locura, ¡Dios salió de sí a causa de tanto amor!, exclama San Alfonso. Disponiendo de tantos medios para ofrecernos la salvación, escogió el camino del dolor para demostrarnos a qué punto llegaba su amor hacia nosotros. “ Nos amó, y porque nos amaba, se entregó en brazos del dolor, de la vergüenza, de la muerte más dolorosa ” que jamás hombre alguno sobre la tierra haya soportado. Olvida su dignidad y sólo piensa en lo que más conviene para manifestarse a quien ama.

El pesebre, la Cruz y el Santísimo Sacramento son tres signos que prueban hasta dónde llegó la locura de amor de Dios en busca del amor del hombre.

La experiencia de sentirse locamente amado por Jesús hace explotar el corazón de Alfonso. Su vida ya no tiene otro sentido sino hacer de todo para corresponder a tanto amor. Ya no le es posible pensar o hablar de Jesús sin pasar a los hechos. Jesús “ quiso manifestarse de tantas formas diversas para atraer nuestro amor. Apareció primero como niño en un pesebre de animales. Después como obrero en un taller y finalmente como condenado sobre una cruz. Antes de morir en la cruz, quiso todavía pasar por circunstancias conmovedoras para hacer que lo amáramos. Quiso que lo viéramos agonizante en el huerto de los Olivos… herido por los azotes… burlado como rey de teatro… arrastrado a la muerte por la calle con la cruz sobre los hombros … clavado en una cruz… ¿Merece o no ser amado un Dios que quiso sufrir tantos dolores y emplear tantos medios para atraer nuestro amor?”

Ciertamente los tres misterios (encarnación, pasión, eucaristía) representan algo más que devociones alfonsianas para nuestra espiritualidad. Es el verdadero camino de experiencia del amor concreto de Dios, a través de una contemplación profunda, hecha con el corazón, capaz de conducirnos a un proceso de santificación.

Por la encarnación Dios penetra la realidad de la existencia humana desde la concepción y el nacimiento hasta la muerte. En la Cruz , se manifiesta la locura suprema del amor divino. Jesús llega al fondo del mal y de la muerte por puro amor. Ni la violencia humana, ni el mal ni la muerte pueden detener el amor inmenso de Dios. En el Santísimo, Jesús no le bastó aniquilarse a sí mismo, haciéndose hombre, sino que se redujo también a un pedazo de pan y un poco de vino para demostrarnos su amor y para hacerse más accesible a todos. ( Práctica de amor a Jesucristo. Pág. 28 )

Para San Alfonso, Dios no quiere saldar deudas con el ser humano, sino que pretende hacernos sentir su amor, derramar sobre nosotros su misericordia y provocar en nosotros un sentimiento profundo y total de amor por Él. Por esto el concluye: Toda la santidad y la perfección del alma consiste en amar a Jesucristo.

 

D: La espiritualidad de San Alfonso en nosotros.


Para San Alfonso, Cristo merece ser amado no sólo por los méritos de su Pasión y muerte, sino también por el Inmenso amor que el mismo nos manifestó. ¿ Cómo puedo pensar en otra cosa fuera de Ti ? ¿ Cómo puedo yo amar otra cosa que a Ti ? Por tanto, San Alfonso pide que así como Él nos ha amado y se entregó por nosotros, así debemos nosotros también vivir por Él. Tomar el versículo 5 del 2º capítulo de la carta de San Pablo a los Filipenses: “ Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” .

San Alfonso comprende que la manera más importante de expresar este amor por Cristo que quema por dentro es tomando las mismas actitudes de Cristo: Humildad, Obediencia, Mismo sentir con el Hombre y la renuncia voluntaria de nosotros mismos.

Humildad para comprender que todo lo que hacemos no debe ser más que para Gloria de Dios, comprender que estamos llamados por Él, y todo ocurre gracias a Él. Obediencia para conocer y comprender y descubrir que siempre hay algo nuevo que puedo aprender más allá de todo, y para ello, necesito obediencia para aceptar las correcciones que me ayuden a crecer. Aceptar lo que el Padre quiere de mí.

El mismo sentir del Hombre debemos tomarlo para saber llegar a los otros como lo hizo San Alfonso, de manera sencilla y simple, sin trucos complicados, como lo hizo Alfonso en su experiencia personal en Scala. Saber que las acciones llegan más que las palabras. (Cristo vivió una sola misa, tuvo tres años de catequesis, pero vivió 30 años como vecino de Nazareth.)

Y finalmente, lo más difícil, la renuncia voluntario de nosotros mismos, saber que todo lo entregamos por Él, toda nuestra vida está en sus manos, para que Él nos moldee a su manera y nosotros abandonarnos tiernamente en las manos del Padre que nos recibe como Hijos, redimidos por Cristo.